Águilas en un día. De la Glorieta al islote del espía.
Redacción de Jaleo News

Águilas es un pueblo pesquero de la costa de Murcia, con dos bahías abrazando un cerro coronado por un castillo. Treinta y siete mil personas viven aquí todo el año, y cada febrero se multiplican para el Carnaval, Fiesta de Interés Turístico Internacional, la misma categoría que tienen los de Cádiz o Tenerife.
Si solo tienes un día para dedicar a Águilas, esta ruta va del centro al mar, sin dejarte fuera nada importante. Empieza pronto, come gamba roja a mediodía si la carta la trae, y llega a la última playa justo cuando el sol empieza a caer.
Por la mañana, el centro histórico
Empieza en la Plaza de España, que casi ningún aguileño llama así: aquí todo el mundo dice "La Glorieta". Ocho calles convergen en su jardín isabelino del siglo XIX, bajo la sombra de unos ficus centenarios con raíces tan gruesas que se salen de las aceras, como si quisieran caminar ellas solas.
Siéntate a desayunar en cualquier terraza de la zona como se hace aquí, sin prisa y disfrutando del buen tiempo. Si prefieres algo salado, pide una marinera, la tapa más típica de la Región de Murcia: ensaladilla sobre una rosquilla, con una anchoa encima.
Cuando arranques a andar, te toparás a un lado con el Casino de Águilas, un edificio en pie desde 1894, con una escalera y un patio de luces que el pintor Sánchez Carlos llenó de color en 1905. Al otro, la fachada del Ayuntamiento no se parece a nada más del pueblo: ladrillo visto, arcos de herradura y celosías de inspiración árabe, todo en estilo neomudéjar.
Sube después hacia la Iglesia de San José. Por fuera es casi austera, gris y blanca, sin ganas de llamar la atención. Dentro guarda la imagen de la patrona de Águilas, atribuida a Roque López, uno de los discípulos con más oficio del gran escultor murciano Salzillo, aunque los historiadores llevan décadas sin ponerse de acuerdo en quién la talló.
Y aquí va el desvío que casi nadie hace, y que deberías hacer tú: en la calle Canalejas (esquina con Quintana) hay un pequeño museo con los restos de unas termas romanas del siglo I, que salieron a la luz en el siglo XVIII al construir una casa en ese mismo solar. Antes de llegar al yacimiento, una sala muestra exposiciones temporales de arqueología aguileña con una pantalla que proyecta la historia de las termas y del Águilas romano, y otra enseña los materiales que se rescataron de la excavación.
Se conservan las dos partes de los restos que sobrevivieron: el horno que calentaba el agua y el caldarium, la piscina circular donde se bañaban. Un espejo colocado detrás de dos maniquíes vestidos de romanos deja ver, con truco, las partes del yacimiento que quedan ocultas a simple vista. La planta completa se la debemos al abad de Lorca Manuel Robles Vives, que la excavó en 1787 y que es de la misma familia que da nombre a la Plaza Robles Vives, la que vas a pisar dentro de un momento para subir al castillo.

A media mañana, el castillo
Desde la Plaza Robles Vives arranca la subida al Castillo de San Juan de las Águilas: veinte minutos de rampas y escaleras que se pagan solas en cuanto llegas arriba. Te vas a encontrar con unas impresionantes vistas de las dos bahías, Poniente y Levante, y una fortaleza que ha sobrevivido a terremotos, piratas y un siglo entero sin presupuesto para reconstruirse (la historia completa, con la fortaleza árabe que hubo aquí antes incluso de la torre original, está en la guía del Castillo).
Es el mejor mirador del pueblo, y el sitio perfecto para entender de un vistazo por dónde sigue el resto de la ruta.

Bajando del castillo, el paseo hasta El Hornillo
De vuelta al nivel del mar, todo el camino hacia El Hornillo va por el Paseo Marítimo de Levante, con la Playa de las Delicias a un lado. No hace falta ir con prisa: las palmeras mueven las hojas con una cadencia casi hipnótica en cuanto sopla la brisa, y solo por verlas merece la pena caminar despacio.
A mitad de paseo, párate en la pérgola cubierta de buganvilla fucsia y descansa en un banco a su sombra como si ya fueses del pueblo. Como extra, hazte un par de selfies con el rosa y verde de la buganvilla de fondo.
Ya casi al final de la playa te vas a encontrar con algo que no se parece a nada de lo que has visto hasta ahora: el Auditorio Infanta Doña Elena, un volumen blanco y anguloso como una vela gigante varada en la arena. La cara que mira al mar con grandes ventanales se pliega en curvas suaves; la que mira al pueblo es recta y seca, como si fueran dos edificios distintos pegados por la espalda. Es obra del estudio Barozzi Veiga, terminada en 2011.
Un poco más allá, el paseo ya entra en la Bahía del Hornillo.
Al mediodía, el puerto y El Hornillo
Ahí te espera el Embarcadero del Hornillo, la "Torre Eiffel tumbada" que se levantó a principios del siglo XX para cargar mineral de hierro, hoy Bien de Interés Cultural y en obras de restauración.
Aprovecha para comer algo cerca: si hay gamba roja en la carta, es el momento. Es el plato con más fama del pueblo, y sabrás porqué en cuanto la pruebas.

Por la tarde, la Playa Amarilla y el islote
El último tramo del día es el más tranquilo: la Playa Amarilla, con el Islote del Fraile enfrente, a menos de cien metros de la arena. Un peñón con forma de capucha de monje que fue fábrica romana de garum y, siglos después, escondite de un espía durante la Primera Guerra Mundial, vigilando el mismo embarcadero que has visto un par de horas antes (la historia completa está en la guía del Islote del Fraile).
Si llegas con la luz ya cayendo, mejor que mejor. Es cuando las gaviotas ocupan la arena por cientos, tranquilas, como si la playa fuera solo suya un rato. Y si te acercas a la orilla y te quedas inmóvil unos minutos, quizás veas decenas de pececillos alargados, pardos con un destello plateado, casi invisibles contra el fondo.
No se puede desembarcar en el islote, pero se ve perfectamente desde la orilla, y hay salidas en kayak para quien quiera acercarse por el agua.
Cómo organizar el día
Todo el recorrido se puede hacer a pie: unos 20 minutos de subida al castillo, otros 20 minutos caminando hasta El Hornillo, y un tramo final de poco más de un kilómetro hasta la Playa Amarilla (por un sendero que no es apto para quien tenga vértigo, o en coche, con aparcamiento a unos 50 metros de la arena). Sumado a las paradas, es un día entero de bastante caminar, así que lleva calzado cómodo.
En verano, empieza pronto: entre la subida al castillo y los tramos de paseo marítimo sin sombra, el sol aprieta fuerte a mediodía. Agua y protección solar, siempre.